A su lado caminaba Valeria, haciendo resonar sus tacones finos sobre el pavimento mojado: joven, llamativa, con un abrigo corto de piel sintética que Diego le había comprado una semana antes. Lo había pagado con la tarjeta de crédito de Sofía, mientras ella dormía.
Diego todavía sonreía cuando bajó los escalones del juzgado. Valeria se aferraba a su brazo con aire triunfal, como si ya hubiera ganado una batalla importante.
—¿Ves? Te dije que todo saldría bien —susurró ella—. Ahora sí empieza nuestra vida de verdad.
Diego asintió, satisfecho. En su mente ya había borrado a Sofía. El departamento era suyo, el futuro era suyo, y nadie iba a quitarle lo que sentía que ya había ganado.
Entonces su teléfono vibró. Frunció el ceño al ver el nombre del banco en la pantalla.
—¿Sí? —respondió con seguridad.
A medida que escuchaba, su expresión cambió.
—¿Cómo que transferencia total de fondos? ¿De qué autorización me hablas?
Valeria lo miró, inquieta.
—¿Qué pasa?
Diego no contestó. Abrió de inmediato la aplicación bancaria. El saldo de la cuenta conjunta estaba prácticamente en cero.
—No puede ser… —murmuró.
Pero sí podía.
Porque Sofía no solo había empacado su ropa.