¡La dejé sin un peso! Que vea cómo sobrevive ahora —se reía el marido al salir del edificio del juzgado.

La puerta se abrió sin que nadie llamara. En el umbral apareció Doña Teresa con una cinta métrica metálica y una libreta en la mano. Ni siquiera saludó; fue directamente hacia la ventana, casi pisando la bolsa con los zapatos de Sofía.

—Qué oscuro está esto —frunció el ceño mientras corría la vieja cortina—. Diego, aquí pondremos persianas enrollables en beige claro. A Valeria le encantan los tonos neutros. Y todo esto —señaló las cajas— que se lo lleve o que lo tire.

Sofía se enderezó despacio. Miró a su marido, que se rascaba el vientre con indiferencia, y a su suegra, que ya redecoraba el departamento en su imaginación. En ese instante algo se rompió dentro de ella. La autocompasión desapareció. Solo quedó una lucidez fría y calculadora.

—Claro, Doña Teresa. Me llevaré toda esta “basura”.

Cerró la cremallera de la bolsa con un tirón seco. El sonido fue breve y cortante.

Frente al juzgado familiar caía una llovizna fina y desagradable. Diego salió primero, con la chamarra abierta de par en par. Sonreía como si acabara de sacarse la lotería.