¡La dejé sin un peso! Que vea cómo sobrevive ahora —se reía el marido al salir del edificio del juzgado.

—No toques esa caja, ahí están mis herramientas. Y date prisa, Sofía. Mi mamá llegará en una hora, quiere medir las ventanas para las cortinas nuevas.

Diego estaba tirado en el sofá, con las piernas apoyadas en el reposabrazos, cambiando canales con el control remoto sin el menor interés. En el suelo, a su alrededor, había latas vacías de cerveza que despedían el olor agrio de la fiesta de la noche anterior.

Sofía guardaba la ropa en silencio dentro de grandes bolsas negras. Las manos no le temblaban, aunque por dentro todo se le encogía en un nudo doloroso.

—Diego, este departamento también es mío. La hipoteca la pagamos entre los dos —dijo en voz baja, sin darse la vuelta.

—Se pagaba desde mi cuenta —respondió él con una sonrisa torcida, sin apartar la vista de la pantalla—. Lo que me transferías era para los gastos de la casa. El abogado fue muy claro: no puedes probar nada. Así que recoge tus cosas. Mañana es la última audiencia y por la tarde no quiero que sigas aquí. Valeria no tiene por qué aguantar este desorden.