Solo quise explicarle, con tranquilidad, que los sesenta millones de pesos mexicanos que heredé de mi madre no eran para complacer a su familia…

En esa carta solo me pedía algo muy simple:
que nunca permitiera que nadie me humillara…
ni decidiera por mí.

Yo llevaba nueve años casada con Alejandro Medina.
Un hombre encantador en público.

Elegante.
Educado.
Impecable.

Pero en casa…
sobre todo cuando aparecía su madre, Doña Mercedes Salvatierra…
él cambiaba.

Mercedes nunca me soportó del todo.

Decía que yo no tenía “mentalidad de familia”…
porque nunca quise mezclar mis finanzas con las de ella
ni con los negocios turbios de su hijo menor.

Al principio fueron comentarios pequeños.
Luego indirectas.
Después… exigencias abiertas.

Quería que usara mi herencia para “rescatar” a la familia Medina,
para pagar deudas que yo no había creado
y para comprar un edificio a nombre de su empresa.

Aquel mediodía…
sentados a la mesa de su casa, con el café recién servido…