Mi esposo me dejó por otra mujer y, antes de irse, me lanzó una amenaza mientras cerraba la puerta con fuerza:
—Cuando regrese, esta casa ya no será tuya.
Sentí un escalofrío, pero sonreí.
Por dentro, juré que no volvería a ser la derrotada.
Ellos celebraban la traición con risas y maletas cargadas, pero yo ya había tomado una decisión que cambiaría todo.
Días después, cuando regresaron, vieron el terreno vacío y Fernando solo pudo gritar:
—¿Qué hiciste?
Yo lo miré en silencio.
Mientras el viento levantaba polvo del descampado…
Encendí el motor.