Parte 2…

No fui a casa. Porque ya no era “mi” casa.
Me refugié en un café cerca de la estación Buenavista. Nadie me conocía.
Dejé el celular sobre la mesa. Lo miraba como si fuera un salvavidas.
La vibración de antes no era casualidad.
En el bolsillo del abrigo de Diego acababa de esconder un rastreador diminuto. De esos que se conectan a una app.
Eduardo lo usaba en las maletas cuando viajaba por trabajo. Aquella mañana lo tomé sin pensarlo, empujada por una certeza: mi hijo no estaba actuando solo.
La app mostró primero el panteón. Luego, una línea hacia el centro de la Ciudad de México.
Diego no se quedaba a “hacer duelo”. Iba a algún sitio con el testamento y mis llaves.
Recordé el despacho de Eduardo. La caja fuerte empotrada detrás de un cuadro.
Recordé otra cosa: semanas antes de morir, Eduardo me pidió que guardara en secreto la contraseña de su correo y el número de una caja de seguridad en un banco local.
“Si algún día pasa algo raro, confía en lo que dejé fuera de casa”, me dijo.
En ese momento me sonó exagerado. Ahora era una alarma.