Parte 2…

La discusión no terminó allí, pero el poder sí cambió de manos en ese rellano.
Alejandro quiso aparentar dignidad.
Como si todavía pudiera negociar.
Me pidió hablar a solas, insistió en que estábamos “exagerando un malentendido familiar”, e incluso trató de culpar al estrés por mi ascenso, como si aquella reacción fuera un capricho emocional y no la consecuencia lógica de años de desprecio.
Laura ni siquiera le permitió acercarse demasiado.
Le recordó que cualquier conversación posterior debía hacerse por canales formales.
Y que, si deseaba retirar sus pertenencias restantes, tendría que coordinarlo por escrito.
La humillación que él había reservado para mí se le estaba devolviendo.
Pero sin gritos.
Sin escándalos vulgares.
Y, sobre todo, con documentos.