No levanté la voz.
Nunca hizo falta.
Me quedé en el umbral, con una mano apoyada en la puerta y la otra sobre la carpeta azul. Doña Carmen, impecable dentro de su abrigo beige, pasó de la soberbia al desconcierto en apenas un segundo.
Paola, con dos maletas enormes y una funda de ropa colgada del brazo, soltó una risa nerviosa.
Como si creyera que todo era una exageración pasajera.
Alejandro dio un paso adelante.
Pero el cerrajero, que aún estaba allí terminando el servicio, lo miró con firmeza profesional.
“El acceso lo autoriza la titular del contrato”, dijo.
Aquella frase cayó como una losa.
“¿Titular de qué contrato?”, escupió Doña Carmen.
Entonces abrí la carpeta y saqué la primera hoja.
“Del arrendamiento de esta vivienda. Yo asumí el setenta y cinco por ciento de la renta los últimos veinticuatro meses. Alejandro dejó de aportar la parte acordada hace más de un año”.
Él me miró como si acabara de traicionarlo.
Cuando la verdad era mucho más simple.
Solo estaba diciendo en voz alta lo que llevaba meses ocultando.
A continuación coloqué sobre la consola varios estados de cuenta. Transferencias a nombre de su madre. Pagos del coche de Paola. Retiros en efectivo. Compras en línea. Todo salía de una cuenta conjunta que él utilizaba como si fuera un cajero automático, mientras me repetía que debíamos “apretarnos el cinturón”.