El día que me nombraron directora, mi esposo soltó una sonrisa cruel: “¡Tu carrera no me importa! Mi mamá y mi hermana se mudan mañana, y tú vas a atenderlas”.

Y apenas escuchó la palabra “directora”, levantó una ceja con una sonrisa burlona.
“¿Y qué?”, dijo, quitándose el saco.
“No me importa tu trabajo. Mañana mi mamá y mi hermana se mudan con nosotros, y serás tú quien se encargue de ellas. Eso vale mucho más que cualquier puesto ridículo”.

Lo miré en silencio.
Pensé que estaba bromeando.

Pero no.

Me explicó, con total naturalidad, que su madre, Doña Carmen, había tenido problemas económicos y que su hermana, Paola, se había separado y necesitaba “apoyo”. Ese apoyo, por supuesto, significaba que yo cocinaría, limpiaría, reorganizaría mi agenda y renunciaría a viajar por la empresa.

Ya lo había decidido.
Sin consultarme.

No discutí.
Esa fue la parte que más lo desconcertó.

Solo asentí, recogí los platos y le pregunté a qué hora pensaba ir a recogerlas al día siguiente. Sonrió como un hombre convencido de haber ganado una batalla.

Al amanecer se fue con su coche a recoger a su madre y a su hermana a Puebla.
En cuanto cerró la puerta, llamé a Laura Méndez, mi abogada.

Después llamé al dueño del departamento donde vivíamos, un lugar amplio que yo pagaba casi por completo desde hacía dos años.
También hablé con la empresa de mudanzas exprés que utilizaba mi compañía para traslados corporativos.

A media tarde, la casa ya no se parecía en nada a la que Alejandro había dejado al salir. Sus cosas estaban clasificadas, inventariadas y empaquetadas.

La cerradura principal había sido cambiada con autorización legal del propietario.